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GILLESPI….CON UNA JOYITA DE CORTAZAR….IMPERDIBLE!!!! mayo 28, 2007

Posted by susanak in Uncategorized.
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No somos nada

El velorio
En un sincero homenaje al genial Julio Cortázar, quien con su magnífica prosa ha escrito lo mejor sobre el tema en su obra “Conducta en los velorios”, me gustaría aportar -con humildad- algunos conceptos sobre los diferentes comportamientos en ese tipo de ceremonias que de tanto en tanto nos toca vivir (que paradoja).
Vale aclarar que tomaré como ejemplo aquellos velatorios de personas medianamente allegadas (suegro de un amigo, mujer del jefe, hermana del zapatero vecino de casa, etc.) y no el de familiares o seres muy sentidos en lo afectivo, para que no me cataloguen como un cultor del humor negro… que sin lugar a dudas es el que más me gusta.
Para comenzar hay una frase usada por la mayoría y que para mí es de la más burdas que una persona puede esgrimir apenas se entera de la “infausta noticia”:
Yo al velatorio no voy porque no me gustan”
No se puede ser tan guacho de decir semejante cosa. ¿A quién cuerno le gusta concurrir a una funeraria? Salvo mínimas excepciones -que describiré más adelante- o que seas un “mortal” con problemas, creo que a nadie.
Sin duda no es un evento placentero, mucho menos una “rave temática”, pero en ocasiones debemos concurrir, así que de ninguna manera se puede aceptar que se diga como excusa y con liviandad:
“No me gustan”
Como contrapartida, están aquellos a quienes sí les provoca una linda descarga adrenalínica. Ya sea como un motivo de encuentro con gente que no ve hace tiempo o porque poseen un espíritu servicial.
Muchos de ellos son los que se paran, si se está velando al difunto/a en un primer piso, al pie de la escalera recibiendo a todos los que ingresan –sí, absolutamente a todos- para saludarlos con el slogan:
“Mi mayor sentido pésame”
Con una mano en el corazón, sean francos y díganme si no les parece una expresión común y y poco sincera. De estas frases hechas juntamos en bolsa, entre ellas tenemos: la que lleva por título esta nota, “lo lamento una enormidad”, “por suerte no sufrió”, “mis más sinceras condolencias”, “increíble, si anteayer lo vi en el bar” -como si ostentaras el poder de alargarle la vida con solo verlo-.
Otra categoría de estos veneradores de velatorios son a los que les encanta ocuparse del acontecimiento como si fuesen boys scouts de la desgracia ajena.
Por ejemplo, no dejan de ofrecer café durante toda la noche:
“Señora, tómese un cafecito que le va a venir bien”
Le va a venir bien para qué… para la gastritis, si el que habitualmente te dan en esos ámbitos está recalentado en una vieja cafetera desde el servicio de la noche anterior y es de las peores infusiones que podés probar en tu vida.
Generalmente es el mismo personaje que se encarga de avisar a todo el mundo, de acomodar las coronas, de mantener una jarra de agua llena y de llamar a las agencias para que salga publicado en el obituario.
Otra figura que tampoco falta, por lo general hombre, es el enigmático que entra raudamente, casi no saluda a nadie, se persigna frente al ataúd y agacha la cabeza con muchísima cara de compungido, pero a los cinco minutos se raja tan rápido como entró dejándole una duda a todos: ¿Será un deudor del muerto, el compañero de platea, un hermano no reconocido?
Este es de la misma especie que el chanta que, haciéndose el preocupado, acostumbra preguntarle a un familiar del difunto:
-¿Sabés a qué hora lo llevan?
-Creo que a las 12
-Bueno, aprovecho un ratito para hacer un trámite y voy para Chacarita
¡A ese farsante, pónganle la firma, no lo ven nunca más!
También es frecuente observar en un rincón, fumando, a un grupo de señores que cuentan chistes, hablan de minas, de fútbol, de autos y de repente se ríen con intensidad pero enseguida miran con culpa a su alrededor donde la mujer de uno de ellos -que está sentada tomándole la mano a la viuda- le hace un gesto con la mirada como diciendo, desubicados, aflojen un poco (este tipo de situaciones se dan en horas ya avanzadas del velorio una vez que el ambiente está más distendido, nunca al comienzo).
Tampoco está ausente (ya es un clásico) el que recorre toda la sala tratando de convencer a más de uno para ir a la confitería de enfrente a tomar un cortadito o clavarse un tostado de jamón y queso.
De más está decir que abundan los que se duermen en un sillón, los que dan vueltas desesperados buscando una cara conocida porque creen que se equivocaron de sala, el que manguea fasos, el que se tienta y el que recuerda momentos vividos con el finado, que por lo general son episodios tan insulsos como:
“Se acuerdan, hace años, cuando fuimos nosotros tres y… pobrecito él (señalando el jonca) a comprar una pizza en el 3CV y pinchamos una goma, ¡cómo nos cagamos de risa!”
¿De qué se cagaron de risa? Muchachos, si no tenemos nada interesante para contar o nos devora el nerviosismo, es mejor ser respetuosos y quedarnos bien callados… como el pobre difunto, ¿no les parece?
Hasta la próxima.

“El velorio” de Francisco Oller es la imagen que acompaña esta nota

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